No pocos lectores me interceptan en estos días en la calle. Quieren que abunde en esos agujeros negros que se advierten en la crónica habanera y a los que aludí en la página dedicada al teatro Shanghai, el pasado 29 de abril, y al que, más que como un teatro pornográfico —aunque proyectaban allí películas de ese corte— definí como un coliseo de malas palabras y gordas coristas desnudas. Insisten en que escriba sobre clubes y cabarés, restaurantes y hoteles de los años 50.
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