Amelia y su línea interminable

Aunque hoy se cumplen 53 años de su fallecimiento, Amelia Peláez sigue estando. Amelia en la luz de esta Isla, en sus colores, en ese barroco que se nos entreteje desde el alma hasta el ademán.

Su fuerte línea negra, sinuosa, delimitadora, continúa encaracolando arabescos, redibujando ornamentos y rejas coloniales.

 

 

 

Esta pintora y ceramista, considerada por estudiosos la más importante artista del modernismo en Cuba después de Wifredo Lam, aunque nació en Yaguajay en 1896, tuvo como fuente nutricia de sus creaciones a La Habana, donde vivió desde los 19 años.

Tanto se apropió de la urbe y sus latidos, aunque su eje fuera siempre la casona de la Víbora, que, junto a Portocarrero, la catalogan entre los grandes pintores de la ciudad.

 

 

 

Y no por reproducir calles, edificios o balcones, sino porque  metaboliza y devuelve desde el arte vanguardista de su ápoca los alientos más distintivos de aquella arquitectura colonial con sus guardavecinos, mamparas, capiteles, vitrales... 
Al decir de Carpentier, para ella “la columna se hace árbol y la fruta casi escultura en un mundo plástico donde lo vegetal y lo arquitectónico se confunden.”

 

 

Desde su inmortalidad, seguro entretejida igual de peces, frutas, flores, como las que alientan desde su gigantesca obra, la línea negra, palpitante y fuerte de Amelia Pélaez, se extiende por sobre calendarios, olvidos, y, persistente, continúa dibujando Cuba.