DISCURSO PRONUNCIADO POR EL COMANDANTE EN JEFE FIDEL CASTRO RUZ, PRIMER SECRETARIO DEL COMITE CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA Y PRESIDENTE DE LOS CONSEJOS DE ESTADO Y DE MINISTROS, EN LA SEGUNDA REUNION DE TRABAJO CON LOS CANDIDATOS A DIPUTADOS A LA ASAMBLEA NACIONAL Y DELEGADOS A LA ASAMBLEA PROVINCIAL DEL PODER POPULAR DE CIUDAD DE LA HABANA Y OTROS INVITADOS, EN EL TEATRO "LAZARO PEÑA" DE LA CTC, EL 20 DE FEBRERO DE 1993, "AÑO 35 DE LA REVOLUCION".

(VERSIONES TAQUIGRAFICAS-CONSEJO DE ESTADO)

Queridos compañeras y compañeros:

En el transcurso de esta semana, casi desde el principio de la semana, y a partir de las cosas que estábamos viendo en el desarrollo de esta contienda, de esta batalla, de esta campaña, llegamos a la conclusión de la conveniencia de tener una segunda reunión de trabajo, para analizar las experiencias que se iban recogiendo y para que todos tuviéramos oportunidad de escuchar criterios, opiniones, impresiones de muchos de los compañeros que estaban participando en esta lucha. No es lo mismo cuando uno lo oye por un lado y otro por el otro, que si nos reunimos todos para, de conjunto, meditar sobre el problema.

Para hacer esta reunión necesitábamos el "Carlos Marx", ya que queríamos invitar a un número mayor de compañeros que están participando, que los vemos trabajando en la base; pero el "Carlos Marx" estaba ya comprometido con el festival de jazz, y esa es una actividad que ni debía ni podía interferirse y, por tanto, teníamos que acomodarnos aquí al teatro de la CTC, a nuestro teatro de la CTC, con los mismos compañeros que nos reunimos la primera vez, y algunos cientos de personas más que hemos invitado, que no sé dónde se ubicaron, pero creo que aquella vez había un pequeño espacio todavía de unos 200 ó 300 lugares y pudimos invitar a algunos compañeros más, que están aquí presentes.

Ustedes han escuchado a los numerosos compañeros que han hablado, y es una lástima que no podamos seguir escuchando a un número mayor, pero el tiempo nos apremia.

No es mucho lo que yo tenga que añadir en cuanto a impresiones, porque ellos lo han dicho todo. Trataba de recordar un poco, hacer un recuento de los últimos tiempos que nos han conducido a este minuto que estamos viviendo, y todo comenzó con el IV Congreso del Partido, ya desde el Llamamiento a ese congreso.

El hecho es que en este período de tiempo relativamente breve hemos hecho muchas cosas. Convocamos nuestro congreso y lo realizamos ya en vísperas del derrumbamiento de la Unión Soviética. Los acontecimientos en el exterior se venían precipitando. Cuando se estaba pensando en el IV Congreso, empezaban las dificultades en el campo socialista. Cuando tiene lugar el congreso, ya las circunstancias eran más difíciles y se veían venir acontecimientos muy serios; pero, a pesar de todo, no vacilamos en realizarlo, dijimos: "Cualesquiera que sean las circunstancias internacionales lo llevaremos a cabo." Ya en ese momento había una crisis muy grande en la URSS, aunque no había desaparecido todavía, le quedaban algunos meses o algunas semanas de vida. Dimos el congreso, no hubo vacilación.

Aquel congreso tenía una importancia enorme. No voy a hablar ahora de todos los temas que se abordaron, pero una cuestión muy importante era la relacionada con el perfeccionamiento del Poder Popular, como lo llamábamos, qué hacer para mejorar el Poder Popular. Ya en el congreso se adoptaron definiciones muy importantes; pero, además, había que modificar la Constitución, cumplimos también la tarea de modificar la Constitución. Había que hacer la nueva Ley Electoral, cumplimos con la tarea de hacer la nueva Ley Electoral, y ya estábamos en pleno período especial, en un momento duro, bien duro; sin embargo, tampoco hubo vacilación en convocar a las elecciones. Pretextos y razones habrían sobrado en las condiciones de nuestro país doblemente bloqueado, en una situación que es lo más parecido a una guerra, y cuando estábamos envueltos en tantas actividades y en tantas tareas urgentes, apremiantes, vitales. No buscamos pretexto; no aceptamos, digamos, razones, ni aceptamos siquiera la idea de que las elecciones se pospusieran indefinidamente hasta después que pasara el período especial, porque cualquiera comprendía lo tremendamente difícil que resultaba un proceso electoral en esas circunstancias.

Creo que uno de los actos más valientes que ha tenido la Revolución es el de haber convocado a estas elecciones en el período especial; algo que, a mi juicio es, además, una cosa acertada, y lejos de arrepentirnos de haberlo hecho, hoy nos sentimos felices por esa decisión.

Ya de estas elecciones hemos celebrado la primera parte, la del 20 de diciembre, aquella en que se elegían los delegados de circunscripción, y dentro de cuatro días estaremos ya en la última y más difícil fase de ese proceso electoral, que son las elecciones directas de los delegados provinciales y los diputados a la Asamblea Nacional, que tienen que ver con el poder del Estado en el nivel medio y en el nivel superior, pues la Asamblea Nacional en nuestro país constituye el máximo poder del Estado.

Afortunadamente, desde que hicimos la primera Constitución nosotros no copiamos, sino que elaboramos ideas sobre cómo debían ser las elecciones en nuestro país.

No puede decirse que todo el mérito haya surgido del IV Congreso. Ya desde que elaboramos la Constitución —Constitución en que copiamos cosas, hay que decirlo—, en lo referido a la cuestión electoral, a una cuestión tan clave como es la forma en que el pueblo ejerce sus derechos, ejerce la soberanía y ejerce el poder, nosotros desarrollamos formas enteramente nuevas que no se aplicaban en los países socialistas. Así fue como se constituyeron los Poderes Populares; sin embargo, en todo el proceso de discusión del Llamamiento al Congreso, esta cuestión de las elecciones directas de los diputados a la Asamblea Nacional no apareció en los debates.

Todo el mundo comprendía que nuestro sistema era en sí democrático, muy democrático, o era, al menos, más democrático que todos los demás que se estaban aplicando, tanto en el socialismo como en el capitalismo, porque habíamos establecido un principio clave que por primera vez se expresaba de una manera concreta: el principio de que el pueblo postula y el pueblo elige.

Este método tuvo lugar desde el primer momento, cuando el pueblo, reunido en asamblea, proponía los candidatos a delegados de la circunscripción y los aprobaba, quienes después, a través de una elección, eran elegidos por el mismo pueblo entre varios de ellos porque esa elección en la base no podía ser de otra forma que estableciendo un mínimo de dos y un máximo de hasta ocho candidatos.

Desde entonces nos preocupamos de que aun allí en la base no se desarrollara la politiquería. Se planteó, incluso, que no se hicieran campañas individuales, sino que, fundamentalmente a través de las biografías de los candidatos y del conocimiento que los vecinos tenían del candidato, ya que esas circunscripciones abarcaban un área limitada de nuestra población, podían ser conocidos y podían ser sus biografías las que definieran la conducta de los electores; después aquellos delegados, postulados y elegidos directamente por el pueblo, eran los que a su vez elegían, como he dicho otras veces, las asambleas provinciales y la Asamblea Nacional.

De tal modo aquello parecía razonable y correcto, que tal sistema no se impugnaba y, cuando se hablaba del perfeccionamiento del Poder Popular, se hablaba de otros temas.

La idea del voto directo y secreto para la elección de la Asamblea Nacional es iniciativa del Partido, que se toma en la Comisión Preparatoria del congreso y es propuesta al mismo. Fue un paso valiente, un paso audaz, un paso revolucionario para establecer el principio de que el pueblo postulaba y el pueblo elegía directamente no solo a los delegados de circunscripción, sino a los delegados a las asambleas provinciales y a los diputados a la Asamblea Nacional, máximo órgano del poder del Estado. Cómo hacerlo, era una cuestión que estaba por analizar y por profundizar. Cómo hacerlo dentro de nuestro sistema, cómo hacerlo dentro del concepto de un Partido único, idea y concepto que tenemos que defender como una de las cosas y una de las conquistas más importantes de nuestro país, un legado de la historia que nos viene de nuestras guerras por la independencia y de José Martí.

Había que conciliar el concepto de un Partido único con esta idea de que el pueblo postula y el pueblo elige; había que conciliarlo con la práctica, porque lo que se conocía en el mundo cuando no existía un solo partido era una multiplicidad de partidos, y eran los únicos procedimientos conocidos para llevar a cabo las elecciones. De modo que nosotros teníamos que crear algo nuevo, algo más justo, algo más equitativo, algo más democrático, algo más puro, porque la preocupación fundamental era preservar la pureza de nuestro proceso electoral y que no se introdujeran en el mismo la politiquería y la corrupción.

Si nosotros nos hubiéramos equivocado en la elaboración de los métodos para llevar a cabo este proceso electoral, habríamos podido caer en grandes problemas y habríamos podido realmente corromper, como están corrompidas en todo el mundo prácticamente, la política y la democracia. Ahora este concepto de democracia está penetrando mucho más en nuestra conciencia y en nuestra sangre, y se pueden apreciar las diferencias abismales entre nuestro sistema y el sistema que se aplica en otros países.

Aquí hoy hemos tenido oportunidad de escuchar algunas opiniones sobre lo beneficioso, lo extraordinariamente útil y aleccionador que está resultando este proceso. Para nosotros es un motivo de estímulo muy grande, porque creo que estamos resolviendo, realmente de una forma revolucionaria y feliz, cuestiones que son fundamentales para la vida de cualquier sociedad revolucionaria, de cualquier sociedad verdaderamente progresista.

Creo que estas elecciones han enseñado más a nuestro pueblo que millones de conferencias sobre democracia, algo que tanto se menciona en el mundo. En estos días nosotros mismos hemos ido profundizando muchísimo las ideas en torno al tema por lo que hemos visto en la calle.

Nosotros que creíamos que sabíamos lo que estábamos haciendo, nosotros que nos esforzábamos por buscar el sistema más justo posible, más perfecto posible, más democrático posible, hemos estado recibiendo grandes lecciones de democracia. Hemos podido comparar mucho, ya que nadie sabía cómo iba a ser este proceso, era un camino nuevo, era un camino que teníamos que abrir; porque una cosa son las ideas en teoría y otra cosa es la aplicación práctica de las ideas. Como nunca habíamos vivido, y en ninguna parte se ha vivido un proceso semejante, no había punto de comparación posible; muchos compañeros aquí muy honestamente han explicado que ellos no sabían cómo iba a ser esta campaña, y yo diría que ninguno de nosotros sabía cabalmente cómo iba a ser la campaña.

A nosotros nos preocupaban determinados principios. En primer lugar, que no se introdujera la politiquería en nuestro proceso electoral, que no se introdujeran la guerra, la competencia, la lucha por el voto, la demagogia, la corrupción de nuestros cuadros, de nuestros candidatos, la hipocresía, la mentira. Cómo evitar eso creíamos que lo habíamos logrado en la Ley Electoral, y eso es lo que explica la diferencia entre el sistema de elección de los delegados en la circunscripción y el sistema de elección de los delegados a la provincia y de los diputados a la Asamblea Nacional.

A decir verdad, en una buena parte del tiempo la preocupación nuestra se centraba en la elección de los diputados a la Asamblea Nacional y fue, precisamente, cuando se aceptó el principio de su elección directa y secreta, cuando también se toma la decisión de aplicar el mismo sistema para los delegados a la asamblea provincial; porque todavía había dudas de si estos podían ser elegidos en una elección de segundo grado. Y llegamos a la conclusión de incluirlos también en el mismo principio, pero al inicio no se pensaba tanto en eso como en la Asamblea Nacional.

Por eso estas ideas se debatieron bastante en la reunión de la Asamblea Nacional para discutir la Ley Electoral, qué hacer, cómo hacerlo, entre las muchísimas variantes que podían presentarse; cómo evitamos la división, la guerra, la politiquería en nuestras elecciones.

De ahí surgió la fórmula que estamos aplicando, y era tan sencillo como darle al ciudadano no el derecho a un voto, sino el derecho a tantos votos como candidatos en su municipio o distrito; le dábamos más votos, no le dábamos uno. El podía hacer el uso que estimara conveniente de esos votos, podía votar por uno, por dos, por todos o por ninguno —esto lo he repetido varias veces y hay que seguirlo repitiendo, no solo para que lo comprendamos nosotros, mientras mejor lo comprendamos nosotros mejor, sino también para ayudar a que lo comprendan todos, y cuando lo comprendan todos los ciudadanos de este país es útil repetirlo para que lo comprendan los ciudadanos de otros países, tan acostumbrados a otro sistema que se les puede hacer difícil entender el nuestro, aunque se quedan boquiabiertos cuando se les habla de ello—; se les daban a los ciudadanos tantos votos como candidatos había, pero se establecía un requisito, un requisito duro, un requisito difícil de verdad, y es que había que sacar más de la mitad de los votos válidos. Es decir que cualquiera de esos delegados a la provincia, cualquier diputado tenía que sacar más de la mitad de los votos válidos; creo que establecer ese requisito le puso la tapa al pomo, pudiéramos decir, al carácter democrático de nuestro sistema.

Bien, lo establecimos, pero tenía que someterse a la práctica; fue cuando descubrimos, y debemos decirlo, cosas nuevas, de algunas ya hablé en la primera reunión de trabajo. Descubrimos que nuestra población estaba habituada a otro sistema de votar, que era el de los delegados de circunscripción, y abruptamente, repentinamente, tenía que aprender y comprender el nuevo concepto de votar para elegir a sus representantes en la asamblea provincial y nacional; el porqué de esos nuevos conceptos, los valores que esos nuevos conceptos trataban de preservar, que eran la pulcritud, la honradez, la equidad, la pureza de nuestras elecciones, y cómo cumplir todos esos objetivos. Nos dimos cuenta de que esos objetivos no se comprendían todavía claramente.

Empezaron a surgir preocupaciones ante la posible tendencia de que los electores usaran el hábito de votar como en la base y, como consecuencia, se dilapidara una cantidad enorme de votos y que, debido al riguroso requisito de la mitad más uno, muchos candidatos no fueran electos. Pero había algo todavía más doloroso, aunque sería doloroso que muchos candidatos no fuesen electos, porque nos obligaría a nuevas elecciones a través de los procedimientos establecidos por la Constitución, que le da al Consejo de Estado más de una alternativa —cualquiera comprende que nosotros no podemos estar en elecciones, como esta que estamos haciendo, todos los días—: el hecho posible de que solo los más conocidos y solo los más populares fuesen electos que, por cierto, son la minoría en nuestra candidatura a la Asamblea Nacional. Yo diría que son alrededor del 20% los nacionalmente conocidos, los que pudiéramos llamar populares o muy populares, o muy conocidos, si no se quiere identificar la palabra "conocido" con "popular"; si me equivoco serán en todo caso un poquito más del 20%.

Nos dimos cuenta de que muchos de los valores extraordinarios que tenía nuestro pueblo, que estaban ahí reconocidos y postulados, corrían el riesgo de no ser electos, y después tendrían que ser sustituidos por otros que iban a ser, seguramente, menos conocidos que ellos, y que podían tener los mismos méritos que ellos, pero no más méritos. Estábamos corriendo el riesgo de una enorme injusticia, y era la imposibilidad de que fuesen electos ciudadanos magníficos, excelentes, procedentes del pueblo, simplemente por no ser muy conocidos.

No solo se trataba de una injusticia, con la injusticia también estaba el peligro de que nuestra Asamblea no fuera representativa, de que en nuestra Asamblea no estuvieran presentes el mayor número de valores posibles y, de ser factible, los mejores valores del país.

Nos dimos cuenta de que una de las características de nuestra democracia y de nuestro Parlamento, que no tiene ningún otro país, se podía frustrar, y es la cuestión de que casi la mitad de los diputados fuesen delegados de base. Se han hecho evidentes muchas cosas en este proceso y una de ellas es esa, que tenemos muchas cosas en nuestro sistema que no existen ni pueden existir en otros.

En los países capitalistas con sus monstruosas desigualdades ni soñarlo, porque un hombre de base no tiene oportunidad de estar en el Parlamento o de estar en el Senado. El equivalente a un concejal, como he puesto de ejemplo otras veces, no podía estar en el Parlamento, no tenía ninguna oportunidad; o el alcalde del municipio, equivalente a nuestro presidente de la asamblea municipal, no tenía oportunidad de estar allí.

Se hizo evidente que en ningún Parlamento del mundo hay tanta gente de base como en nuestro Parlamento, gente modesta y humilde que está directamente en contacto con las masas, directamente en contacto con el pueblo, y que esta vez podían no resultar electos porque no son conocidos, porque si es un delegado de circunscripción —lo repito una vez más— lo conocían fundamentalmente allí en la circunscripción.

Ahora las elecciones no se iban a decidir con unos cuantos cientos de votos. Al establecer el requisito de más de la mitad de los votos válidos para los delegados provinciales y diputados nacionales, las elecciones se iban a decidir con decenas de miles de votos, a pesar de que creáramos los distritos. Imagínense cómo serían unas elecciones en un municipio como el de Santiago de Cuba, con casi medio millón de habitantes, si no se crean los distritos.

Hubo que crear distritos en las principales ciudades. ¿Cómo se hubieran podido hacer las elecciones en La Habana, en Diez de Octubre, con 240 000 ó 250 000 habitantes, si no se divide en varios distritos? Aun divididos en distritos, el número de votos a sacar era elevadísimo, y nos preocupaba extraordinariamente el riesgo de que muchos de esos delegados de base no fueran electos, si aquella tendencia a la selectividad, aquel hábito de la selectividad, o aquella tendencia a votar por el que conozco y conozco bien, o a votar por el vecino, al que personalmente he tratado, diera lugar a que el voto se dividiera y se dispersara.

Algunos dirían: Pero está la biografía. Sobre eso he hablado y vuelvo a hablar, la biografía no puede resolverlo todo. Aun suponiendo que todas fuesen leídas y todas fuesen analizadas, las biografías no podían ser iguales, porque cuando van a comparar la historia de aquel que lleva 45 años en la Revolución, o lleva 50 años haciendo Revolución, con la del compañerito que lleva tres años o cuatro, que tiene solo 18 ó 19 años, que es un estudiante, que ya se destacó desde que era pionero, que sus compañeros lo seleccionaron por sus méritos —que tiene que ser, entre otras cosas, buen estudiante, porque si no no puede ser cuadro de nuestras organizaciones estudiantiles—, ese jovencito no podía tener la historia de un compañero con 30, 40 ó 50 años en la Revolución, su biografía no podía ser igual, y nuestra Asamblea tenía que tener hombres con 50, 40, 30, 20, 10, 5 años de experiencia política para que fuera realmente representativa.

¿Cómo se concebía una Asamblea Nacional sin representación de los estudiantes que constituyen millones de personas en este país? ¿Cómo podíamos hacer una Asamblea Nacional sin investigadores, que son decenas de miles en este país, que están desempeñando un papel decisivo en esta batalla y que poseen un gran talento, si no son conocidos? ¿Cómo podíamos hacerla si no son conocidos los innovadores, o no son conocidos otros muchos de nuestros valiosos candidatos a diputados? ¿Cómo podíamos hacer una asamblea verdaderamente representativa sin ellos? ¿Cómo podíamos lograrlo solo a partir de la biografía y siendo, además, preciosistas, superexigentes para elegir al candidato?

No voy a hablar, porque lo he dicho muchas veces, acerca del excelente proceso de selección. Las comisiones de candidatura eran indispensables y las comisiones de candidatura, integradas por las organizaciones de masa, venían a desempeñar, a nivel de la provincia y de la nación, parte importante en el principio de que el pueblo postula y el pueblo elige. No era el Partido.

Habíamos liberado anteriormente al Partido de la tarea de postular a los delegados de circunscripción y de participar en la elección; pero el Partido ulteriormente presidía las comisiones de candidatura para la elección de delegados a la Asamblea Nacional y de diputados. Ya estaba establecido el principio de que las comisiones de candidatura estaban integradas por las organizaciones de masa presididas por el Partido, y en esta ocasión liberamos al Partido de esa tarea, que iba a chocar con el principio de la soberanía popular, uno de los principios más sagrados que tiene que defender el Partido como vanguardia en la construcción del socialismo.

No se trata de disminuir en lo más mínimo el papel del Partido, sino, al contrario, de elevarlo todavía más, para que sea el dirigente, el estratega de la construcción de la nueva sociedad; pero su misión no podía ser la de proponer a los candidatos como parte de la comisión de candidatura. Esa misión la venían a cumplir las comisiones de candidatura, presididas esta vez no por el Partido, sino por la CTC, la organización de nuestros trabajadores en un Estado socialista. Sus proposiciones necesitaban después la aprobación de la asamblea de delegados de circunscripción.

Se ha hecho evidente que esa fue una solución muy correcta, que fortalece toda la idea, toda la concepción de nuestro sistema y facilita su defensa. Nosotros podemos retar a otros países del mundo a que hagan lo que estamos haciendo y que postulen las organizaciones de masa presididas por los trabajadores. Eso no lo pueden hacer en ningún país capitalista.

A esas comisiones se les exigía un trabajo casi perfecto —hemos dicho siempre que no se puede asegurar que sea perfecto, es muy difícil hacer un trabajo perfecto; tienen que tratar de que sea perfecto, aunque pueden equivocarse; puede, incluso, por excepción algún candidato cambiar, ser hoy de una manera y ser mañana de otra, eso no lo puede evitar nadie—; no pretendíamos que el trabajo de las comisiones de candidatura fuera perfecto, pero sí afirmábamos que el esfuerzo que se había hecho por hacer un trabajo perfecto era el máximo, y eso era esencial porque hacía falta, precisamente, para encontrar una estrategia correcta con vistas a impedir los peligros que estábamos viendo. Era necesario tener confianza en el trabajo de las comisiones de candidatura, era indispensable; sin eso no habríamos podido elaborar la estrategia correcta que estamos aplicando en este momento.

Ese trabajo será más perfecto cada vez, porque ya tenemos la experiencia. Si ahora se desarrollaron un millón y medio de consultas, la próxima vez pueden ser 3 millones ó 5 millones; la próxima vez podrán disponer de más tiempo, podrán hacer un trabajo mucho mejor que ahora, los problemas se facilitarán porque ya muchos candidatos serán más conocidos, puesto que de toda esa cantera de candidatos a las asambleas provinciales surgen cuadros. De esos 1 190 delegados a las asambleas provinciales, surgirán personas que se irán destacando; de estos contactos de los delegados y de los diputados con el pueblo, irá surgiendo mayor conocimiento, irán siendo conocidas ampliamente miles de personas, no algunas decenas o algunos cientos de personas. De esta experiencia tenemos que sacar la conclusión de que estos contactos hay que sistematizarlos, no con la intensidad que tienen lugar hoy, pero hay que seguir aplicándolos como un método político, como un método revolucionario y como una práctica de constante contacto de los representantes del país con el país.

Todo eso se hará más fácil en el futuro y el trabajo de la comisión de candidatura será mucho más sencillo, mucho más fácil; el trabajo para las elecciones será también mucho más sencillo y mucho más fácil, porque pienso que las decenas de millones de explicaciones que hemos tenido que dar en unos pocos días, no tendrán ya que darse en el futuro porque las conocerá todo el mundo.

He vuelto a repetir ideas y conceptos, pero lo hago por una razón: es muy importante que se entienda la estrategia. Queríamos una estrategia correcta y encontramos la estrategia correcta con el concepto del voto unido; encontramos la estrategia correcta al plantear que el voto patriota, el voto revolucionario no debía dividirse, que no debía dispersarse, y las consecuencias negativas y las injusticias que podía entrañar la dispersión y la división de ese voto. La necesidad del voto unido era evidente. A veces digo el voto unido y concentrado, sin embargo, la palabra unido encierra el concepto de lo que queremos decir; se puede expresar de muchas maneras diferentes, pero me parece que la frase "voto unido" expresa la idea cabalmente.

Ya teníamos la estrategia, muy bien. Me quedé asombrado en Santiago de Cuba de que, a las 48 horas de nuestra primera reunión de trabajo, masivamente, la gente en Santiago de Cuba entendiera. Me quedaba asombrado; pero veía, sin embargo, un cierto peligro. El problema no es que el elector vote de esa forma por entusiasmo o espíritu revolucionario, el problema es que la gente profundice en su interior, en su conciencia, la razón de ser, la causa de esa estrategia del voto unido. No queríamos que se viera como una cuestión de disciplina; no queríamos que se viera como la aceptación de un ruego, de una solicitud en nombre de la patria, en nombre de la Revolución, en nombre del socialismo; no queríamos que se viera como el deseo de obtener una victoria grande o como una simple táctica sin sentido profundo.

Nosotros queríamos —y creo que ya vamos camino de lograrlo, tenemos que seguir luchando para lograrlo, y esto que estamos haciendo esta noche es un esfuerzo por lograrlo— que no se viera la idea del voto unido como una consigna sino como una estrategia revolucionaria; que no se viera la idea del voto unido como un acto de disciplina sino como un acto de conciencia; que se entendiera, que se viera que es lo más justo del mundo que podemos hacer con nuestros votos (APLAUSOS), lo más justo del mundo si queríamos una asamblea verdaderamente representativa, si queríamos que ciudadanos humildes de este país pudieran ser electos diputados a la Asamblea Nacional o delegados a las asambleas provinciales. Si queríamos justicia, si queríamos igualdad, si queríamos que nuestro sistema fuera mejor, ¿cómo lograrlo?

Enseñar a votar es, como hemos dicho, una cuestión técnica, es un aspecto jurídico decirle al ciudadano: "Usted tiene tales derechos, tantos votos, puede hacerlo así o de otra forma; votar por uno, por dos, por todos o por ninguno, ese es su derecho." Es decir, enseñar a votar no es una estrategia. El voto unido no es una cuestión técnica, es una cuestión política: es la estrategia de los patriotas, es la estrategia de los revolucionarios. Hacía falta una estrategia, y esto que se comenzó a ver como una necesidad, al principio se presentaba como algo peligroso o iba acompañado de cierto temor.

¿Cuál era el temor, a mi juicio? El temor que tienen algunos compañeros de que se aplique una consigna como consigna, que se exija algo como disciplina; el temor a la idea de una coyunda y decirle al ciudadano: "Tienes que votar así."

Esto estaba dando lugar a que hubiera temor a hablar de eso, cuando realmente el problema había que abordarlo públicamente, claramente, fundamentarlo y fundamentarlo de una manera sólida. Nosotros tenemos muy sólidas razones para fundamentar la idea del voto unido como una estrategia revolucionaria, como una estrategia política, como algo muy moral, como algo muy justo, como algo muy legal. Es el derecho que tenemos los revolucionarios a exigirnos, a pedirnos; el derecho que tenemos los patriotas a exigirnos, a pedirnos algo, pero por una razón profunda, y debemos hacerlo así, y nos sentiríamos más felices de que lo hiciéramos así: que nadie lo hiciera como un acto de disciplina, sino que todo el que lo haga, lo haga como un acto de conciencia; que todo el que lo haga, no lo haga como quien cumple con una consigna, sino como quien cumple con una estrategia revolucionaria, y el porqué de esa estrategia, el porqué de esa conciencia.

Para ilustrar las cosas, les explicaba a muchos de los compañeros y compañeras con los que hablé en estos días en los actos públicos, que calcularan el número de votos que tenía que sacar un diputado en un distrito con 45 000 electores. Tenía que sacar más de 20 000 votos, y sacar 20 000 votos es una tarea realmente titánica, y va a ser una tarea titánica sobre todo para esos delegados de base que están postulados para diputados y que son conocidos fundamentalmente en la circunscripción o en una zona un poco más amplia, pero limitada. Un presidente de Consejo Popular ya es más conocido, y no hay duda que la creación de los Consejos Populares fue un gran avance de la Revolución, un enorme avance, un importantísimo paso en el perfeccionamiento del Poder Popular, porque están haciendo maravillas sobre todo en el resto del país, donde pueden hacer muchas más cosas que en la capital, aunque en la capital están haciendo bastantes cosas (APLAUSOS).

Si era difícil, decía, para uno de esos delegados de base, que tanto nos enorgullece contar con ellos en el seno de nuestra Asamblea Nacional, cuál no sería el problema para los delegados a las asambleas provinciales que, lógicamente, son compañeros menos conocidos todavía, más nuevos, como regla. ¿Cómo le íbamos a exigir a un delegado de circunscripción, postulado para delegado a la asamblea provincial, que sacara 20 000 votos, si todo el mundo opta por hacer cruces a lo largo de la columna? ¿Cuántas boletas anuladas por error?, porque hay muchas boletas anuladas por error. ¿Cómo garantizábamos la elección de los delegados a las asambleas provinciales? El problema era más serio todavía, y nos dimos cuenta. Por eso hemos insistido más y más en la idea de que estamos hablando.

Por ahí se dice que ya el 99% de los ciudadanos saben cómo votar, conocen el sistema; pero nos puede faltar un 1%. Tal vez más. Habría que hacer que lo conociera, no podemos resignarnos a que haya un ciudadano que no lo conozca, y tenemos que hacer lo posible para que el máximo de electores conozcan el sentido del voto unido.

Lo que nos interesa con relación a los patriotas y a los revolucionarios, que son los que deciden y los que van a decidir, es que ellos lo entiendan bien, lo concienticen bien, lo interioricen bien. Ustedes saben que yo no empleo mucho estas palabras, pero creo que sirven perfectamente para explicar lo que queremos decir: tomar conciencia de lo revolucionaria que es la idea, de lo justa que es la idea, de lo legal que es la idea, de lo moral que es la idea y de lo hermosa que es la idea, puesto que se trata de un acto de conciencia y de una estrategia inteligente de la Revolución y del pueblo (APLAUSOS).

Esto es clave, y creo que hay que seguir explicando. Ya resulta más fácil llevar a las masas este concepto que nadie podría impugnar, que nadie podría cuestionar.

Nos agrada mucho escuchar aquí la idea, la impresión que han expresado los compañeros que están librando la batalla en la capital. Le doy una enorme importancia a la batalla en la capital porque es la más difícil. En la capital siempre se dan las condiciones más difíciles; en la capital siempre hizo su mayor trabajo de zapa el enemigo imperialista, su mayor propaganda, concentró principalmente en ella sus esfuerzos y sus actividades subversivas. En la capital se acumulan problemas de todas clases, en la capital de nuestro país y en cualquier capital, sobre todo cuando se produce el fenómeno de la inmigración masiva.

Hubo países que prohibieron legalmente la inmigración. Nosotros nunca hemos querido usar esos procedimientos, hemos preferido la idea y el concepto de desarrollar el resto del país, como lo hemos hecho; pero a pesar de eso, sigue siendo muy atractiva la capital y todavía se producen esos fenómenos —ahora en período especial— de inmigración; me lo cuentan los compañeros que van por algunos de esos barrios difíciles y se encuentran a algunos compatriotas orientales recién llegados (RISAS). En esos barrios han puesto un techo, han puesto algo, pero han llegado de distintas provincias, sobre todo, compatriotas orientales.

Vienen por muchas razones. Como ustedes saben, en un momento determinado ya los habitantes de la capital no querían ser constructores y se nos llenó la ciudad de constructores de otras provincias, principalmente de constructores orientales. Ya los habaneros necesitaban una inmigración para construir porque no había suficientes constructores habaneros, tenían otras muchas posibilidades.

Esa es una las vías, conozco muchas de las vías por las cuales ese fenómeno se producía y, aunque en nuestro país se produjo en menor grado que en cualquier otro país de América Latina, de todas formas, el hecho de que unos cuantos cientos de miles de personas hayan incrementado la población de la capital, sobrecarga los servicios y agrava las necesidades, sobre todo las necesidades de viviendas, ya no digo de empleos, porque aquí tenía que estar la Revolución detrás del ciudadano para pedirle de favor que se incorporara a una fuerza constructiva, o se incorporara a una fábrica. Oportunidad de trabajo había de sobra, pero algunos trabajos no los querían hacer ya los capitalinos.

Hay distintas vías. También la defensa de nuestra capital tenía que ser más poderosa que en otros lugares del país y tenían que venir muchos compatriotas de otras provincias a prestar servicios en las fuerzas armadas, y muchos se quedaban por aquí después, porque venir a La Habana, históricamente, al menos —y digo al menos, porque ahora estamos en período especial—, ha resultado fácil; regresar a la provincia de procedencia ha resultado siempre mucho más difícil. Naturalmente, eso agrava nuestro problema de vivienda, nuestro problema de agua, nuestro problema de transporte, nuestro problema de servicios en la capital. Esa es una realidad.

Así que hay factores objetivos, y también el trabajo del enemigo que se concentra, de modo especial, en la capital, el trabajo del imperialismo. Fíjense que esas emisoras las querían dirigir fundamentalmente hacia la capital; la televisión querían dirigirla hacia la capital; las principales actividades subversivas siempre las dirigían hacia la capital, conociendo los problemas objetivos de la capital.

Por eso aquí la lucha es más difícil y resulta admirable lo que cuentan los compañeros de su visita por todas esas zonas más pobres de la ciudad, la actitud con que los recibían. El que nadie pidiera nada ni planteara problemas personales es algo admirable, más que admirable asombroso, conociéndose las necesidades que tienen.

Los compañeros han estado por esos barrios difíciles. Desde luego, no sabía lo que dijo aquí un compañero, que los contrarrevolucionarios decían que yo no iría a los barrios difíciles. Yo no sabía nada y me alegro de no haberlo sabido, porque a lo mejor habría ido a más barrios difíciles (APLAUSOS). Es una cuestión de mentalidad, es una cuestión de idiosincrasia, es una cuestión de carácter, es una cuestión moral el ir a los lugares que son más complicados, que son más complejos, que son más difíciles, y trataba de ver en la Ciudad de La Habana, puesto que no podía ir a todas partes, en qué barrios había más dificultades y trataba de ir a esos barrios, precisamente a esos lugares, a esos encuentros.

Los compañeros han visto mucho más que yo. A lo largo de los años he estado por esos barrios y conozco muchos de sus problemas: he visitado viviendas, he visitado esos lugares que les llaman ciudadelas, tenía mucha conciencia del problema de las ciudadelas y sé cómo se vive en ellas.

La Revolución trabajó por todo el país, la Revolución trabajó en todas las provincias, transformó regiones enteras. Las capitales de las 14 provincias del país hoy ni se conocen muchas de ellas, con sus vías de comunicación, sus edificaciones, sus instalaciones; la faz de esas ciudades ha cambiado. La Revolución trabajó mucho, y fue muy correcto, para desarrollar todas las provincias del país, para llevar la electricidad hasta el último rincón de nuestra patria. Ese era el camino, precisamente, para desestimular la emigración, no solo una cuestión de elemental justicia, sino también un método para disminuir los problemas de las emigraciones hacia la capital, que se producen realmente en todas partes del mundo.

Nosotros estamos hablando de 2 millones de habitantes. Hay ciudades en América Latina que tienen 20 millones de habitantes. Ejemplo, Ciudad México, Sao Paulo creo que tiene 16 ó 17 millones de habitantes, Río de Janeiro creo que alrededor de 10 millones de habitantes, Caracas entre 4 y 5, Bogotá otro tanto, Lima otro tanto, es un fenómeno universal. Lo que pasa es que en nuestro país nosotros nos sentimos en la obligación de darle atención a cada ciudadano, empleo a cada ciudadano, educación a cada ciudadano, salud pública a cada ciudadano, recreación a cada ciudadano, cultura a cada ciudadano, condiciones materiales de vida adecuadas a cada ciudadano, a todos. No podemos resignarnos a la idea de que haya uno solo allí viviendo en pésimas condiciones.

Por eso existe la Revolución, para eso existe la Revolución, para ayudar a todos los ciudadanos, no se puede olvidar de nadie. En el mundo capitalista ustedes saben que, como regla, se olvidan y ocurren cosas horripilantes, que todos lo sabemos, hasta escuadrones de la muerte que matan niños, matan no solo delincuentes, lo cual resulta atroz; se organizan fuerzas, pagadas por los propietarios, que tienen como tarea matar delincuentes y matan niños de 8 años, 9 años, 10 años, porque muchos de esos niños caen por necesidad en la práctica de la delincuencia.

De modo que los fenómenos que se pueden crear en cualquier sociedad capitalista, si por ejemplo duermen allí en un portal y son vistos con indiferencia, nosotros no nos podemos resignar a ver a nadie durmiendo en un portal; nosotros no nos podemos resignar a ver a nadie abandonado en las calles, ni en épocas normales ni en períodos especiales (APLAUSOS); no nos podemos resignar a ninguna de las tantas cosas horribles a las que viven resignadas las sociedades capitalistas, sobre todo en el Tercer Mundo, porque no hay que olvidarse de que la inmensa mayoría de la humanidad vive en ese Tercer Mundo y que son unos pocos los privilegiados que viven en las sociedades capitalistas desarrolladas, que se desarrollaron a costa del saqueo del resto del mundo durante siglos.

Por eso estos problemas para nosotros adquieren una gran connotación y nuestros ciudadanos, con razón, se sienten con derecho a que se les ayude, a que se les asista; si ellos vinieron por su cuenta, si no consultaron con nadie y se quedaron y se metieron en cualquier lugar, se sienten con derecho a que se haga algo por ellos y a que se les resuelva el problema. Y la Revolución ha tratado de resolver el problema, no los olvida, porque si es cierto que la Revolución hizo mucho por el resto del país, la Revolución no se olvidó jamás de la capital. Los números, los datos, los hechos demuestran el enorme desarrollo económico y social que ha tenido nuestra capital, y, sobre todo, desarrollo social, porque ya tenía un cierto desarrollo económico, pero con la Revolución tuvo un importante desarrollo económico y un colosal desarrollo social nuestra capital.

Piensen ustedes en que, por ejemplo, círculos infantiles, antes del período especial, en solo dos años se construyeron 114 en la capital, con capacidad para más de 200 niños, instituciones modernísimas, con todos los hierros, y se incremento en más de un 50% la capacidad de niños en círculos infantiles en solo ese breve período.

En muy poco tiempo, vísperas del período especial, se construyeron 20 policlínicos nuevos, y todos los policlínicos y clínicas estomatológicas de la capital quedaron en las instalaciones adecuadas.

En esos años se construyeron 24 escuelas especiales. Todas las necesidades de escuelas especiales de nuestra capital quedaron resueltas. Eso no lo tiene ninguna otra ciudad del país.

Decenas de hospitales ampliaron sus camas, o se repararon, o se remodelaron.

Cientos de placitas se construyeron en esos años previos al período especial, cuatro grandes mercados concentradores, decenas de supermercados y minimercados; 50 salas de video para recreación de la población, 18 gimnasios de cultura física; más de 1 000 círculos de abuelos fueron organizados, más de 1 000 círculos de gimnasia aerobia para los jóvenes y los estudiantes fundamentalmente; 9 terminales de ómnibus completamente nuevas, que fueron fabricadas en tiempo récord para mejorar el transporte urbano; decenas y decenas de panaderías, con la idea de llevar las panaderías a las proximidades de la población, como eran sus hábitos tradicionales, sustituyendo las grandes fábricas de pan, por los inconvenientes que tenían para distribuir ese producto que la gente quería recibirlo caliente.

Sería interminable enumerar la cantidad de cosas de carácter social que se hicieron entre 1986 y 1989 en nuestra capital.

No debo olvidar instalaciones como la de cirugía cardiovascular infantil, hospitales infantiles completamente nuevos, salas de terapia intensiva en todos los hospitales infantiles, eso se había hecho un poco antes; numerosos Joven Club de computación, Palacio Central de Computación, centro permanente de exposiciones, EXPOCUBA; terminación del Jardín Botánico, grandes avances en la construcción del nuevo zoológico; se trabajaba ya, incluso, en el proyecto del nuevo acuario. Se estaban haciendo avenidas nuevas, vías de todo tipo, un gran esfuerzo se venía haciendo, un esfuerzo especial, a partir de la creación del contingente "Blas Roca"; nuevas fuentes de agua para la ciudad, 30 brigadas enteramente nuevas para reparar baches, más de 60 brigadas para reparar salideros, tecnologías nuevas para reconstruir los viejos acueductos que tanta agua botan, presas construidas para suministrar agua a la ciudad o sustituir aguas de la agricultura que se habían desviado a la ciudad. En fin, a lo largo de los años se fueron haciendo muchas cosas por la ciudad.

Habíamos elaborado los proyectos de nuevas escuelas de nivel medio, con seminternados, para las madres trabajadoras; nuevos proyectos de escuelas de nivel primario de las ciudades, también con seminternados. Ya no era la necesidad de un edificio donde se brinda educación con más o menos comodidad, sino de mejorar las condiciones en que todos los niños de la ciudad estaban estudiando. Se estaban haciendo esos proyectos que podían significar cientos de instalaciones nuevas; se construyeron instalaciones deportivas; 2 420 casas-consultorio del médico de la familia, que hoy atienden a más del 80% de la población, según datos que recientemente recibimos; 2 420 casas-consultorio en unos pocos años. ¿Se atendía o no se atendía a la capital?

Pero lo más importante de todo: nos habíamos lanzado en el desarrollo de programas para resolver el problema de la vivienda en la capital y en todo el país, aunque estábamos haciendo un especial esfuerzo en la capital. Habían renacido las microbrigadas y se hicieron importantes inversiones en moneda convertible para adquirir fábricas de bloques, de ladrillos, de mosaicos, de azulejos, de muebles sanitarios; para ampliaciones de la fábrica de cemento, para ampliaciones de la fábrica de cabillas que prácticamente triplicaba su capacidad, allá en Antillana de Acero.

Se construían febrilmente industrias para producir piedra y arena. Ya no se invertía solo en la provincia de La Habana, porque, compañeras y compañeros, hasta la piedra se había acabado en la provincia de La Habana, se estaba agotando ya, estábamos poniendo equipos en los últimos yacimientos, relativamente pequeños; pero estábamos haciendo canteras en Pinar del Río, en Matanzas, en Villa Clara incluso, para trasladar por tren la piedra y la arena hacia la capital. Nuevas fuentes de suministro de arena de mar allá en Pinar del Río, por el norte, ya que no se podía seguir sacando arena de los mares del norte de la provincia La Habana, ni de Varadero, porque eso es un crimen, un disparate, eso no lo puede hacer ningún gobierno responsable. Y eso es lo que se hacía antes.

Se habían creado las condiciones para construir no menos de 20 000 nuevas viviendas por año en la capital; esto requería desde cables eléctricos hasta carpintería de aluminio, carpintería de madera, etcétera, etcétera. Eran decenas y decenas de fábricas o de líneas nuevas. Ni se imaginan ustedes lo que es un programa de producción de los materiales necesarios para 20 000 viviendas —no se olviden de las tuberías de asbestocemento, de barro, de hierro, de plástico. Se habían creado las capacidades industriales no solo para producir los materiales para 20 000 nuevas viviendas, sino para reparar todos los años decenas de miles de viviendas, ya que sabíamos que la ciudad necesitaba sobre todo reparación, y conocíamos los datos de las ciudadelas y de las casas apuntaladas de la ciudad. En el resto del país se hacia un programa similar para llegar a un total de 100 000 nuevas viviendas por año.

¡Cuántos esfuerzos se venían haciendo en nuestra capital! Se hicieron durante años, pero especialmente en los años que precedieron al período especial; aunque las microbrigadas, como ustedes saben, se fundaron allá por los años 70, hace más de 20 años, y le dieron un gran impulso a la construcción, movimiento que desgraciadamente después perdió fuerza por razones que ya hemos explicado otras veces. Ahora se habían creado las microbrigadas sociales y se les daba empleo a los ciudadanos por construir su casa, o por reconstruir su casa, o por darle mantenimiento a su casa.

Habíamos llegado al extremo dé que le decíamos a un ama de casa: "Mire, incorpórese a esta microbrigada y nosotros le pagamos para que usted trabaje reparando su casa y la casa de los vecinos." miles y miles de amas de casa se estaban incorporando a ese movimiento, estábamos buscando la fuerza de trabajo para nuevas construcciones de viviendas y para reparar las viviendas existentes.

Fábricas de pintura. Hasta una fábrica de cemento blanco hicimos allá en Siguaney para disponer del cemento necesario con que hacer la pintura de las nuevas edificaciones, que es costosísima si se usan los métodos tradicionales. Buscábamos soluciones de todo tipo.

Surgieron, además, los contingentes como idea nueva, y con tremenda fuerza, contingentes que primero fueron de la construcción. Ya se había creado el primer contingente industrial allá por la zona de San Miguel del Padrón, que está ahí, que tiene un gran prestigio, que había triplicado la productividad y es una de las mejores industrias de la ciudad. Es decir, no solo se habían hecho las inversiones y se habían elaborado las ideas y los programas, sino que se creó un grupo para la dirección estratégica del desarrollo de la ciudad.

Como ustedes saben muy bien, en nuestra capital no se dedicó la Revolución a hacer oficinas y edificios públicos para el gobierno; los edificios públicos que utiliza la Revolución al cabo de 30 años, fueron prácticamente construidos todos, o casi todos, antes de 1959. La Revolución sí construyó muchas escuelas de todo tipo en la ciudad, instalaciones deportivas, incluso, las de los últimos Juegos Panamericanos, donde por primera vez en la historia de este hemisferio se produce la hazaña de que un país latinoamericano le ganara las competencias a Estados Unidos (APLAUSOS), y esas instalaciones se están usando. La Revolución no se olvidó de la capital, pero ha estado siempre consciente de la complejidad, de los problemas en la capital.

Por eso es que nosotros decíamos que aquí la batalla era más difícil. Y realmente creo que la comisión de candidatura hizo un excelente trabajo en las listas de candidatos de la capital, es fuerte, y nadie ha rehuido sus responsabilidades, el Partido no rehuyó sus responsabilidades. La comisión propuso aquí a ocho miembros del Buró Político y ahí están en la capital, en el lugar más difícil (APLAUSOS). Nadie rehuyó sus responsabilidades y han estado librando una tremenda batalla.

Al principio no se sabía cuántos días duraría la campaña, para mí se hizo claro ya desde los primeros momentos que esta campaña de manera intensa tenía que durar hasta el día 24, porque, claro, algunos compañeros que tienen responsabilidades importantes tenían que trasladarse a oriente, a Camagüey, y no les resultaba tan fácil dos semanas completas.

No hay que olvidarse de que, además, estas elecciones tienen lugar en medio del período especial, de la zafra, de la siembra de frío —papa, vegetales, viandas en general—, de la siembra de tabaco y otras muchas actividades en la agricultura, más el tremendo trabajo en medio de grandes tensiones que se deriva del período especial para la administración del país; pero estábamos envueltos en esta batalla, y yo no tenía duda de que todos los compañeros, aunque dedicaran dos, tres o cuatro horas todos los días, si podían, a su trabajo, el resto del tiempo lo dedicarían a la lucha electoral, a la batalla especialmente aquí en la Ciudad de La Habana. Lo han hecho de la misma forma en todo el país, pero creo que aquí es donde se ha hecho el máximo esfuerzo; aquí era donde había que hacer el máximo esfuerzo. Para mi se hizo claro que los compañeros iban a estar empeñados en esa tarea hasta el mismo día 24.

Como yo tenía que estar por acá —ya había estado en Santiago de Cuba—, quería participar también de alguna forma en esta gran batalla de la capital. De ahí —y lo digo sinceramente— mi modesta participación en esta campaña. Sí, porque yo iba a dos, tres actos, y ustedes iban a cinco, seis, siete, diez. Iba a dos o tres actos todos los días, a dos o tres lugares diferentes; tenía conciencia de que aquí se libraba la batalla más dura.

Ahora, si es cierto que las condiciones objetivas y subjetivas son más difíciles en la capital, también tenemos tremendas fuerzas patrióticas y revolucionarias en esta ciudad. No olvido cuántos combatientes del Moncada reclutamos en la capital de la república, además del numeroso grupo de compañeros de Artemisa (APLAUSOS); no olvido que aquí organizamos el movimiento que llegó a tener 1 200 combatientes. En el Moncada y en Bayamo se emplearon alrededor de 160 porque no había recursos, no había armas; pero nosotros habíamos movilizado, organizado y entrenado a 1 200 combatientes. Después hicimos una selección de acuerdo con las armas de que disponíamos.

No olvido a los trabajadores de la capital que, de manera unánime, respondieron al llamado a la huelga general que consolidó la victoria el Primero de Enero (APLAUSOS); no olvido las Milicias Nacionales Revolucionarias, en las cuales se integraron decenas de miles de trabajadores de la capital (APLAUSOS); los miles de artilleros cuando empezaron a llegar aquí cañones, cañones terrestres, ametralladoras y cañones antiaéreos; cómo reclutábamos a jóvenes y trabajadores de la capital.

No olvido a las decenas de miles de jóvenes de la capital que participaron en la Campaña de Alfabetización; no olvido que en Girón el mayor número de batallones procedían de la capital de la república (APLAUSOS).

No olvido que antes la capital de la república envió a 40 000 trabajadores armados a combatir las bandas del Escambray (APLAUSOS), ¡cuarenta mil! Y lo recuerdo muy bien porque más de una vez visité el lugar, porque me reuní con casi todos ellos antes de partir en actos en que les explicábamos la importancia de aquella tarea. Rodearon el Escambray por todas partes, lo dividieron, lo segmentaron y llegaron a poner una escuadra en cada casa, cuando querían limpiar un área completa de bandidos. Y eso ocurrió antes de Girón, porque los planes del enemigo antes de esa Limpia del Escambray consistían en desembarcar por Trinidad, cerca del Escambray. Cambió los planes cuando los batallones de la capital limpiaron.

No olvido las movilizaciones de macheteros, trabajadores de nuestra capital que se movilizaban hasta Camagüey para cortar caña; no olvido a los que están actualmente movilizados en esa tarea.

No olvido la capital que se integró en las Milicias de Tropas Territoriales (APLAUSOS); no olvido la capital que fabrica túneles para la defensa de la patria (APLAUSOS), y no puedo olvidar algo que no había mencionado: ¡la capital de la Crisis de Octubre! (APLAUSOS PROLONGADOS.)

No olvido la capital que organizó el primer contingente y los primeros contingentes de constructores; no olvido la capital de las movilizaciones hacia la agricultura (APLAUSOS), que organizó decenas de contingentes y que organiza movilizaciones quincenales. No olvido la capital donde cientos de miles de sus hijos han participado allí contribuyendo con su esfuerzo y su sudor a la producción de alimentos para la ciudad en las difíciles condiciones del período especial (APLAUSOS).

Sé que hay tremendas fuerzas patrióticas y revolucionarias en la capital y que ahora la capital estará a la altura del momento en que estamos viviendo (APLAUSOS), y que la capital les dará la victoria a los candidatos del pueblo por difíciles que sean las circunstancias, que lo sabemos (APLAUSOS).

Anteriormente les hablaba de todo lo que veníamos haciendo cuando el derrumbe del campo socialista y la desaparición de la URSS nos propinaron tan terrible golpe. Ese golpe se siente, se tiene que sentir, y se siente con mucha fuerza. Vean ustedes cuánto disminuyeron los viajes de ómnibus en la ciudad: a una tercera parte de los que se realizaban todos los días, con ómnibus de los cuales no se reciben piezas y que necesitan, además, gomas; que necesitan acumuladores, que gastan bastante combustible.

Claro, el combustible ha golpeado de manera tremenda muchas de las actividades de que he hablado: golpeó el transporte en la capital y en todo el país; golpeó los suministros, incluso, de combustible para cocinar; golpeó otras actividades.

¿La zafra? La zafra ha sufrido, sí. Se han dado noticias, lo veía recientemente por la televisión, se señalaban distintos factores que la retrasaban; pero la zafra ha sufrido, incluso, por falta de combustible. En determinados momentos se nos han parado los camiones, tractores y combinadas por falta de diesel, obligando a un esfuerzo y una tensión todavía mayores. El combustible lo ha golpeado todo.

Igual que la falta de divisas convertibles, ha golpeado los suministros de materias primas procedentes del exterior, incluso alimentos esenciales, cuando el país perdió el 75% de sus importaciones abruptamente y se vio obligado a reconstruir su economía y su vida sobre bases enteramente nuevas y en condiciones sumamente difíciles. Lógicamente, eso se siente y se tiene que sentir, lo ha sentido todo el país y lo ha sentido la capital.

Si no fueran suficientes los ejemplos, puedo señalar que en la capital de la república, para compensar los problemas del transporte, se han distribuido alrededor de 800 000 bicicletas, cifra muy superior a la que se ha distribuido en el resto del país, a pesar de que hemos hecho varias fábricas de bicicletas en otras provincias. Claro, aquí las distancias son más grandes; en una ciudad de 100 000 ó 200 000 habitantes no hay que caminar mucho para ir a determinados lugares, pero en una ciudad de más de 2 millones de habitantes —que a veces tienen que trasladarse desde La Habana del Este hasta La Lisa; o de Guanabacoa a Playa, a Marianao; o de Arroyo Naranjo a Centro Habana, a La Habana Vieja, a Plaza—, es lógico que se complica mucho más la vida con el transporte. Esa fue la razón, no tuvo el objetivo de concederle privilegios a la capital, sino de dar respuesta a la situación tremenda que significó el golpe que sufrió el transporte en el período especial como consecuencia del derrumbe del campo socialista.

Repito, el combustible paralizó muchos de nuestros planes, igual que la falta de materias primas paralizó fábricas o redujo considerablemente sus producciones, al igual que recursos alimenticios de importación se hicieron menos accesibles, y todo más caro, todo más costoso, el flete, el transporte, como consecuencia del recrudecimiento del bloqueo y del doble bloqueo, porque lo que sucedió con la desaparición del campo socialista y de la URSS vino a ser el equivalente de un doble bloqueo, para que el país tuviera que buscar nuevos mercados a sus productos y recibir precios irrisorios por sus exportaciones.

No nos alcanza el combustible y, sin embargo, dedicamos al combustible el valor de casi todo el azúcar que producimos. Les puedo citar un ejemplo, con lo que gastamos de combustible cada día se podrían adquirir 15 000 toneladas de cereales; 15 000 toneladas diarias de cereales equivalen a 450 000 toneladas al mes, con ello se podría entregar a cada ciudadano del país 40 kilogramos de cereales cada mes.

Como he dicho otras veces, hoy por una tonelada de azúcar se adquiere 1,4 toneladas de petróleo. Esa no era la situación de 1959 ni de 1960. Se adquirían 8, porque el petróleo tiene hoy precio de monopolio, y en el intercambio con la URSS se adquirían 7, por lo menos; hoy intercambiamos algún azúcar por un poco de petróleo de Rusia a estos precios irrisorios: precio de basurero para el azúcar, precio de monopolio para el petróleo. Esas circunstancias no existían cuando existía la URSS.

Les doy estos datos para que estemos conscientes de que, lógicamente, estamos librando esta batalla en condiciones muy difíciles, pero tenemos el valor de librarla.

Me impresionó mucho lo que dijo un compañero, porque es también mi convicción que las masas tienen conciencia de lo que es la independencia, de lo que es la Revolución, de lo que es el socialismo, de lo que ha hecho la Revolución por ellas, a lo que puede añadirse lo mucho más que quería hacer la Revolución por el pueblo.

Estos programas de que hablábamos se podían ir llevando a cabo perfectamente, y los estábamos llevando a cabo cuando nuestro azúcar valía, cuando disponíamos del suficiente combustible, cuando no faltaban las materias primas, cuando recibíamos importantes cantidades de alimento, no solo para la alimentación humana directa sino también para la producción de carne de ave, huevos, leche, carne de res, etcétera; aquellos programas se podían llevar a cabo, eran fruto de los deseos de luchar y de trabajar para el pueblo.

Hemos trabajado no solo por nuestro pueblo. No solo fuimos capaces de recibir, sino que fuimos también capaces de dar; no solo fuimos capaces de recibir el apoyo de otros, sino que fuimos capaces de dar nuestro apoyo a otros. Y esa es otra Habana que no puede olvidarse, La Habana que tanto contribuyó a las misiones internacionalistas, civiles y militares: cuántos maestros, cuántos médicos, cuántas enfermeras, cuántos técnicos, cuántos constructores y cuántos combatientes participaron en ellas (APLAUSOS).

Nuestro pueblo conoció la independencia, conoció la libertad, conoció la dignidad, conoció la igualdad, conoció la justicia; esta justicia que tanto estamos defendiendo ahora en estas elecciones; esta justicia que aplicamos cuando luchamos porque cualquier mujer u hombre digno y honesto de nuestro pueblo pueda ser diputado, pueda ser delegado; esta justicia que defendemos cuando vemos a nuestros candidatos que se mueven en familia, que no son millonarios, que no son ricos, que no son dueños de centrales azucareros, que no son casatenientes, que no son grandes industriales, grandes comerciantes.

Eso lo percibe nuestro pueblo cuando ve allí a todos estos candidatos, y no puede decir: "Aquí hay un malversador, aquí hay un ladrón, aquí hay alguien que se ha hecho rico con el dinero del pueblo." Gente modesta, gente humilde, gente trabajadora, es lo que ve el pueblo en esos candidatos que lo visitan, y ve a unos apoyando a los otros como hermanos, y eso le tiene que admirar.

Ellos saben que esa es la Revolución, ellos saben que eso es fruto de la igualdad de la Revolución, por la cual desaparecieron hace rato todas las formas de discriminación por razones de raza o de sexo, o de pobreza, como hemos dicho muchas veces, porque el pobre era atrozmente discriminado en nuestro país. Y creo que ese razonamiento que han hecho los compañeros aquí, explicando la reacción del pueblo, es muy correcto.

Yo había sacado la misma conclusión: cuando un pueblo tiene el privilegio de conocer esos valores, no se resigna a vivir sin ellos; cuando un pueblo dejó de ser explotado, cuando un pueblo dejó de ser esclavizado, no se resigna a volver a ser esclavo (APLAUSOS). Y ha comprendido qué batalla estamos librando, ha comprendido los valores que se juegan, ha comprendido la importancia de que nos presentemos fuertes, unidos, para poder librar la gran contienda del período especial.

Necesitamos fuerza, unidad, enviar ese mensaje que estaríamos enviando al imperialismo, a los enemigos. Si nos mostramos débiles, si nos mostramos divididos, ellos multiplicarían sus esfuerzos por liquidarnos, y tenemos que hacerles ver que no podrán liquidarnos o tendrán que liquidarnos físicamente si quieren liquidar la justicia que ha traído la Revolución a nuestra patria (APLAUSOS PROLONGADOS).

Eso lo ha comprendido perfectamente bien el pueblo, y es lo que explica, a mi juicio, las reacciones que hemos visto en todas partes, de lo cual ustedes han dado testimonio en el día de hoy.

Nos quedan, como aquí se dijo, tres días —no se puede perder un minuto, no se puede perder un segundo—, tres días de campaña, tres días de batalla: domingo, lunes y martes. No tenemos derecho a descansar

mientras falte un voto que conquistar, mientras falte una inteligencia por

persuadir, mientras falte un punto por aclarar. ¡Al pie del cañón hasta el último minuto, hasta el último segundo! Ese tiene que ser nuestro método, ese tiene que ser nuestro estilo para obtener no una simple victoria, sino una victoria enérgica y contundente, ¡un sí por Cuba, por la patria y por la Revolución que resuene en todos los rincones del mundo! (APLAUSOS PROLONGADOS.)

Los felicito, compañeras y compañeros de la capital, por el trabajo que han realizado. En este encuentro veo en los rostros de ustedes el resultado de la batalla que han librado. Si eran, podríamos llamar, soldados inexpertos hace dos semanas, hoy son veteranos (APLAUSOS).

No se sabe lo que vale un pueblo unido, no se sabe lo que vale un pueblo combatiente, no se sabe lo que puede un pueblo luchador capaz de tocar conciencia por conciencia y casa por casa, como sabríamos defender la patria si en vez de ser una lucha de ideas, con las armas en las manos tuviéramos que defender su suelo sagrado para cumplir aquello que dijo Maceo, tan importante hoy, cuando todavía la patria no era siquiera independiente, cuando no había las cosas por defender que tenemos que defender hoy: la justicia, la dignidad, el honor, la igualdad, la hermandad; ya él entonces, sin haber vivido la experiencia de una Revolución como hemos vivido nosotros, dijo bien claramente: ¡Quien intente apoderarse de Cuba, solo recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la contienda! (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES.)

Digamos como Maceo: ¡Nadie jamás podrá apoderarse de Cuba, y menos de esta Cuba revolucionaria que el próximo 24 de febrero va a rendir el más digno tributo a nuestro Héroe Nacional José Martí! (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES.)

Una vez, hablando de nuestros mambises, de nuestros antecesores, dijimos: "Entonces habríamos sido como ellos; ellos hoy habrían sido como nosotros." Por lo tanto, unidas todas las generaciones en esta hermosa, heroica y digna batalla que estamos librando, todos ellos un día como hoy dirían:

¡Socialismo o Muerte!

¡Patria o Muerte!

¡Venceremos!

(OVACION)