Discurso pronunciado en la inauguración de la 105ª Conferencia de la Unión Interparlamentaria, efectuada en el Palacio de las Convenciones, el 1º de abril del 2001.

Muy estimada Presidenta del Consejo de la Unión Interparlamentaria;

Señor Secretario General de la Unión Interparlamentaria;

Señor representante del Secretario General de las Naciones Unidas;

Distinguidos parlamentarios e invitados:

Hace casi 20 años, el 15 de septiembre de 1981, tuvo lugar en esta misma sala la 68ª Conferencia de la Unión Interparlamentaria. Muchas cosas han ocurrido desde entonces, aunque nada ha cambiado y más bien la situación ha empeorado en cuestiones vitales para la humanidad.

Tal vez entonces ninguno de ustedes trajo consigo un teléfono celular. Apenas existían, y no había instalaciones en nuestro país para utilizarlos. Tampoco podían comunicarse a través de Internet. Esa proeza de la ciencia no estaba todavía al alcance de los parlamentarios. El petróleo estaba caro, pero eso no es nuevo. Un montón de conflictos se acumulaban. Ahora, sencillamente, hay más. Existían dos superpotencias; hoy hay una sola, y más poderosa que las dos juntas en aquellos tiempos. Veo muchas caras jóvenes, y eso es importante. Yo, en cambio, les hablo desde aquí con 20 años más. Soy posiblemente más ecuánime, pero a la vez más radical por conocer mejor el mundo en que vivimos y el mundo que nos puede esperar a todos.

En este acto inicial me asignaron el honor de hablar 20 minutos, debido quizás a mi fama —no siempre justa— de pronunciar largos discursos, pero eso no debe ser motivo de temor. No pienso hacerlos víctimas de tal tortura. Me sobrará por lo menos la mitad del tiempo.

Tal vez me permitan ocupar un turno en días venideros, ya no como Presidente del Consejo de Estado —al que según normas de esta institución se le trata con amable cortesía—, sino en mi condición de Presidente del Gobierno, quien según me han dicho puede ser interrumpido y sometido a interpelaciones y preguntas. ¡Pobre de mí! Pero me gusta más esa aventura. Así podré hablarles con entera libertad y franqueza de los temas que cualquiera de ustedes prefiera.

A la anterior Conferencia vinieron parlamentarios norteamericanos; a ésta no; y no pagan (Aplausos). Han pasado dos décadas, como ya dije, pero al igual que esta prestigiosa institución, hemos sobrevivido al terrible golpe de la nostalgia que nos trae la ausencia de nuestros queridos y vecinos colegas del Norte. En el Congreso de ese poderoso país hay legisladores sinceros, inteligentes y realistas, pero desgraciadamente están hoy en evidente minoría. Parodiando la histórica frase de Lincoln, podría afirmarse que una parte de ellos pueden ser tontos todo el tiempo; todos pueden ser tontos una parte del tiempo; pero todos no pueden ser tontos todo el tiempo. Pienso que tal vez escuchando a parlamentarios de más de 120 países, gran parte de los cuales proceden de nuestro sufrido, pobre y saqueado Tercer Mundo, el Parlamento norteamericano habría tenido al menos la oportunidad de informarse sobre lo que piensan otros.

A todos nos corresponden enormes responsabilidades y deberes si queremos ganar la batalla por la supervivencia de nuestra especie, hoy amenazada por riesgos globales jamás imaginados. De nuevo se avizoran en el horizonte las posibilidades de una guerra fría y el inicio de una desesperada carrera armamentista, ya que ninguna gran nación o grupo de naciones, con los medios científicos y técnicos necesarios, se resignarán a quedar desarmadas frente a un temible, agresivo e insaciable adversario. Estamos siendo testigos del desprecio y la arrogancia con que la superpotencia dominante rompe acuerdos y tratados que son vitales no sólo para la paz y seguridad de todos los pueblos del mundo, sino también para la esperanza de un desarrollo sostenible y la preservación del equilibrio ecológico, los recursos y las condiciones naturales sin los cuales todos sabemos que sería imposible la vida en nuestro planeta.

Les expreso en nombre de nuestro pueblo la más sincera y profunda gratitud por el honor que significa para nuestro país haber sido escogido como sede de la 105ª Conferencia de la Unión Interparlamentaria, que tan felizmente, como símbolo de esperanza, coincide con el inicio de un nuevo siglo y un nuevo milenio.

Con nuestra hospitalidad y total cooperación haremos lo posible y lo imposible por merecer esa confianza.

Muchas gracias.

(Ovación)