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Actuar
en silencio
Alegato presentado en la vista de sentencia
celebrada el jueves 27 de diciembre de 2001 por el compañero
Antonio Guerrero Rodríguez
Ahora, en este punto,
me yergo con mi alma robusta.
Walt Whitman
(en "Canto de mí mismo")
Su Señoría:
Permítame expresar que
comparto todo lo expuesto en esta Sala por mis cuatro hermanos
de causa: Gerardo Hernández, Ramón Labañino, René González
y Fernando González. Ellos hablaron con dignidad y coraje
ante esta Corte. Nuestros alegatos se fundamentan en la estricta
verdad, en la solidez de los principios que abrazamos y en
el honor del heroico pueblo cubano. Honrado es destacar que
los abogados y sus asistentes actuaron con gran profesionalidad,
honestidad y valor, así como que el trabajo de las traductoras,
de Liza, de Richard y de los alguaciles fue con una alta ética
y profesionalismo.
Al comienzo escribí en
el diario de mis largos días: "...el verdadero hombre no mira
de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber."
Son palabras de José Martí, que a más de un siglo de expresadas,
impulsan, viven y son esencia de lo más puro y altruista.
Muchas veces es difícil
encontrar vocablos precisos,
pero estos han estado dentro de mí:
agolpados,
estremecidos,
incubados en la verdad,
esperando romper la fuente y ver la luz.
Y ha llegado el día.
Permítame explicar, Su
Señoría, de la forma más diáfana y concisa, mi razón:
Cuba,
mi pequeño país, ha sido
atacado
agredido
y calumniado,
década tras década,
por una política
cruel,
inhumana
y absurda.
Una guerra verdadera,
voraz y abierta
de terrorismo,
precursor del horror;
de sabotaje,
generador de ruinas;
de asesinato,
causante del dolor,
del dolor más profundo,
la muerte.
No solo los documentos
y datos del Gobierno de Cuba han puesto al descubierto esta
agresión, sino los propios documentos secretos del gobierno
de los Estados Unidos, que él mismo ha desclasificado.
Esta agresión ha incluido
el reclutamiento, pago y entrenamiento de agentes contrarrevolucionarios
por la CIA; la Invasión de Girón; la Operación Mangosta; pretextos
para una intervención militar; planes de asesinato a jefes
de Gobierno y Estado; infiltraciones de grupos armados; sabotajes;
violaciones del espacio aéreo; vuelos espías, riego de sustancias
bacteriológicas y químicas; ametrallamiento a las costas y
edificaciones; bombas en hoteles y otros centros sociales,
culturales, históricos y turísticos; provocaciones de todo
tipo, con crueldad y con saña.
Y como resultado de estos
actos:
Más de tres mil cuatrocientos
muertos; la incapacidad total o parcial de más de dos mil
personas; cuantiosos daños materiales a la economía, a la
fuente de la vida; cientos de miles de cubanos que nacen y
crecen bajo un férreo bloqueo y en el clima hostil de la guerra
fría. Terror, vicisitudes y dolor sobre el pueblo.
¿Dónde se han fraguado
y financiado tan incesantes y despiadados actos?
En su gran mayoría, en
el propio territorio de los Estados Unidos de América.
¿Qué se ha hecho por parte
de las autoridades del gobierno de este país para evitarlos?
Prácticamente nada...
Y la agresión no ha cesado...
Hoy, aún transitan libremente
por las calles de esta ciudad personas que son responsables
de algunas de estas acciones. Y estaciones de radio y otros
medios publican y promueven nuevos hechos de agresión contra
el pueblo cubano.
¿Por qué tanto odio hacia
el pueblo de Cuba?
¿Porque Cuba escogió
un camino distinto?
¿Porque su pueblo
quiere el socialismo?
¿Porque eliminó
el latifundio y erradicó el analfabetismo?
¿Porque le dio educación
y atención médica gratuitas
a su pueblo?
¿Porque le da
un libre amanecer a sus niños?
Cuba jamás ha atentado
contra la seguridad nacional de los Estados Unidos ni cometido
un acto de agresión ni de terrorismo contra este país; quiere
profundamente la paz y la tranquilidad y desea las mejores
relaciones entre ambos pueblos. Ha demostrado que admira y
respeta al pueblo norteamericano.
"Cuba no es un peligro
militar para los Estados Unidos", declaró en esta Sala el
Almirante Carroll.
El peligro militar para
los Estados Unidos que ofrece Cuba es "cero", testificó el
General Atkinson.
Incuestionable es el derecho
de mi Patria —como el de cualquier otro país— a defenderse
de quienes intentan hacer daño a su pueblo.
Compleja, difícil ha sido
la tarea de frenar estos actos terroristas, porque estos han
gozado de complicidad o indolente tolerancia de las autoridades.
Mi país ha hecho todo
lo posible por advertir al gobierno norteamericano de los
peligros de estas acciones, para lo cual se han usado canales
oficiales; discretos o públicos. Pero nunca se ha podido lograr
una cooperación recíproca.
En la década del noventa,
alentados por el derrumbe del campo socialista, grupos terroristas
intensificaron sus actividades contra Cuba. Era, según sus
criterios, la tan esperada hora para crear el caos final,
aterrorizar al pueblo, desestabilizar la economía, dañar la
industria del turismo, fomentar la crisis y dar el golpe de
muerte a la Revolución Cubana.
¿Qué podía hacer Cuba
para defenderse y estar prevenida de los planes terroristas
en su contra? ¿Qué podía hacer en aras de evitar un conflicto
de mayor magnitud? ¿Qué opciones tenía para salvaguardar la
soberanía y la seguridad de sus hijos?
Una de las formas posibles
de impedir los actos brutales y sangrientos, de evitar que
el sufrimiento creciera con más muertes, era actuar en silencio.
No quedó otra alternativa
que contar con hombres que —por amor a una causa justa, por
amor a su Patria y a su pueblo, por amor a la paz y a la vida—
estuvieran dispuestos a cumplir, voluntariamente, ese honroso
deber en contra del terrorismo. Alertar del peligro de agresión.
Prevenir un conflicto
que sembrara dolor en nuestros pueblos, ha sido el objeto
de mis actos y la razón de mi deber, como lo ha sido para
mis compañeros.
No hemos actuado por dinero
ni por rencor. Ninguno de nosotros ha tenido la idea de hacer
daño al noble y laborioso pueblo americano. No lesionamos
la seguridad nacional de este país. Ahí están los récords
de la Corte. Los que duden, examínenlos y encontrarán la verdad.
Los bestiales ataques
terroristas contra el Centro Mundial del Comercio y el Pentágono
del 11 de septiembre pasado, llenaron de indignación a quienes
amamos un mundo de paz. La muerte sorpresiva e insólita de
miles de inocentes ciudadanos de este pueblo nos sembró un
profundo dolor en el corazón.
Nadie niega que el terrorismo es un fenómeno inhumano,
despiadado y repugnante, y debe ser exterminado con urgencia.
"Para alcanzar la victoria
se debe tener a disposición la mejor inteligencia posible".
"Se requiere unidad para fortalecer las agencias de inteligencia,
para así conocer los planes antes de que sean perpetrados
y detectar a los terroristas antes que ataquen."
Esas dos afirmaciones
no fueron hechas por el Presidente de la República de Cuba,
nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro, sino por el Presidente
de los Estados Unidos de América, a raíz de esos horrendos
ataques. Me pregunto y me vuelvo a preguntar: ¿Esas afirmaciones
no tienen valor para Cuba, que es víctima del terrorismo?
Precisamente eso es lo
que Cuba ha hecho para intentar poner fin a ese flagelo, que
también por tantos años ha azotado su territorio y martirizado
a su pueblo.
Su Señoría,
...hubo un "juicio",
lo sabe esta Sala;
convivimos y velamos
días repletos de declaraciones,
testimonios,
indicios,
evidencias,
argumentos,
mociones,
compromisos,
dudas,
injurias,
falacias,
deliberaciones...
No vengo hoy aquí a justificar nada,
vengo a decir
la verdad.
"Sólo con ella estoy comprometido".
Acuerdo, no hubo
otro que no fuera el compromiso de ser útil al mundo, de servir
a una causa valedera llamada humanidad y también Patria.
Intención, no hubo
otra que no fuera la de evitar la insensatez y el crimen,
y salvar la flor viva de la muerte fortuita, brusca, vana
y prematura.
No se traspasó. No se
ultrajó. No se ofendió.
No se hurtó. No se engañó.
No se defraudó.
No se intentó ni se cometió
espionaje.
Nadie nunca me pidió buscar
información clasificada alguna. Aquí en esta Sala lo confirmaron
las declaraciones de testigos, no sólo de la Defensa, sino
de la propia Fiscalía.
Léanse los testimonios
del General Clapper, de Joseph Santos, del General Atkinson,
por citar algunos, y se confirmará lo que con total honestidad
digo.
Tal como vinieron a este
recinto Dalila Borrego, Edward Donohue, Tim Carey, pudieron
asistir muchas personas para explicar cómo era mi vida; para
exponer qué hacía cada día. En cambio, en mi contra nadie
vino, ni sería posible hallar persona alguna que, con sinceridad,
señalara una falta en mi conducta ante la sociedad.
Yo amo la Isla donde crecí,
me eduqué, y en la que viven mi madre, uno de mis idolatrados
hijos y muchos otros de mis seres queridos y amigos; también
amo a este país en el cual nací, donde en los últimos 10 años
de mi vida he dado y recibido verdaderas muestras de amor
y solidaridad.>
Tengo la certeza de que
es inevitable, no sólo un puente de amistad entre ambos pueblos,
sino entre todos los pueblos del mundo.
Le corresponde a usted,
Su Señoría, dictar Sentencia en este largo y tortuoso juicio.
¡Júntense pruebas y
evidencias!
Voces dirán que no existen.
¡Tómense hechos y argumentos!
Voces dirán que no imputan.
¡Léanse casos y testimonios!
Voces dirán que no es posible
culpar a estos hombres.
Voces que salen del propio corazón.
Voces que llevan el vigor de lo justo.
Voces que no quisieron ser, o que no fueron
escuchadas por un jurado
que no pudo impartir justicia.
¡Se equivocaron! Su veredicto
fue un sacrilegio. Pero teníamos conciencia, desde un inicio,
de que tratándose del tema de Cuba, era Miami un lugar imposible
a tal propósito.
Ha sido este, por encima
de todo, un juicio político.
En lo personal, no tengo
otra cosa que pedir: sólo justicia, por el bien de nuestros
pueblos, por el bien de la verdad. Una sentencia justa, libre
de ataduras políticas, plena, hubiera sido un importante mensaje
en este trascendental momento de lucha contra el terrorismo.
Permítame reiterar que
nunca he hecho daño personal a nadie ni causado daño material
alguno. Nunca he intentado realizar acción que pusiera en
peligro la seguridad nacional de Estados Unidos.
Si se me pidiera una cooperación
similar, volvería a hacerlo con honor. En este momento viene
a mi mente con fuerza y pasión un fragmento de una carta que
el general cubano Antonio Maceo, quien luchó por la independencia
de Cuba en el siglo XIX, le escribió a un general español:
"No hallaré motivos
para haberme desligado para con la humanidad. No es pues una
política de odio la mía, es una política de amor; no es una
política exclusiva, es una política fundada en la moral humana."
(Fin de la cita.)
Por su sentencia, mis
entrañables hermanos y yo deberemos guardar una injusta prisión,
pero desde allí no descansaremos en la defensa de la causa
y los principios que hemos abrazado.
Llegará el día que ya
no vivamos en la zozobra del temor y la muerte, y en ese día
de la historia, se verá la justicia real de nuestra causa.
Su Señoría:
¡Han pasado muchos meses
y días de un encierro injusto, rudo y horrible!
A veces me he preguntado,
¿qué es el tiempo? Y como San Agustín me he respondido: "Si
me lo preguntan no lo sé. Pero si no me lo preguntan, yo sí
lo sé." Horas de soledad y de esperanzas; de reflexión ante
lo injusto y ruin; eternos minutos donde arden los recuerdos:
¡Recuerdos hay que queman la memoria!
Tomo versos de Martí,
para esta última página, que anoté en el diario de mis largos
días:
"He vivido: al deber
juré mis armas
y ni una vez el sol dobló las cuestas
sin que mi lidia y mi victoria viere..."
(versos libres)
Y cito en esta Sala al
poeta uruguayo y universal Mario Benedetti:
"...la victoria estará
como yo
ahí nomás germinando..."
Porque al final reposaremos
libres y victoriosos frente a ese Sol que hoy nos ha sido
negado.
Gracias.
Antonio Guerrero
Fuente:
Consejo de Estado de la República de Cuba
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