Bombardeo
 
La Habana, 15 abr (Prensa Latina) Los ataques simultáneos a tres aeropuertos de Cuba, el 15 de abril de 1961, muestran que las tácticas y la estrategia de Washington con respecto a Cuba y en la arena internacional siguen siendo hoy muy semejantes.

Aquel hecho, que removió de indignación a todo el país, marcó el preludio de la invasión de Playa Girón (Bahía de Cochinos).

Transcurridos más de seis décadas, el hecho mantiene plena vigencia, aun cuando los detractores de la Revolución que apenas dos años antes había derrotado a la dictadura de Fulgencio Batista (1952-1958) pretendan tender un manto de olvido.

Aquel día, cuando apenas el sol comenzaba a despuntar, ocho aviones de bombardeo B-26 procedentes de Puerto Cabezas, Nicaragua, se lanzaron sobre las bases aéreas de Ciudad Libertad y San Antonio de los Baños, en la entonces provincia de La Habana, y Santiago de Cuba, en el oriente de la isla.

Utilizando bombas de alto poder explosivo y cohetes, los agresores pretendían destruir en tierra la mayor cantidad posible de naves de la fuerza aérea cubana.

Como explicaría poco después el líder de la Revolución, Fidel Castro, “se trató de una operación con todas las características y todas las reglas de una operación militar”.

Aseguró que era la culminación de una escalada de hechos –quema de cañaverales, violaciones reiteradas del espacio aéreo, ataques piratas a centros económicos- previos a la agresión armada directa.

Los bombardeos se saldaron con la muerte de siete personas y 53 heridos, la mayoría civiles, por el ametrallamiento a barriadas de los alrededores de Ciudad Libertad, en esta capital, además de los daños materiales, aunque los atacantes no lograron destruir tantos aviones como esperaban.

Por los agresores, según se conoció después, solo cinco B-26 regresaron a Nicaragua, pues uno fue derribado y otros dos dañados seriamente por la artillería cubana, uno de los cuales aterrizó en Cayo Hueso, Estados Unidos, y el otro fue a parar a la isla Gran Caimán.

A la luz del presente, aquellos sucesos evidenciaron que los montajes para engañar a la opinión pública internacional y las ahora denominadas fake news no son un invento del siglo XXI.

Como quedó demostrado, los aviones que atacaron a Cuba el 15 de abril de 1961 estaban enmascarados con las insignias de la fuerza aérea cubana.

Para presentar de forma más convincente los hechos como una sublevación de pilotos cubanos, un noveno aparato había volado directamente desde Nicaragua a Miami para simular una deserción.

La agencia United Press Internacional (UPI), en un cable fechado en Miami ese día, se apresuró a decir que “pilotos cubanos que escaparon de la fuerza aérea de Fidel Castro, aterrizaron en la Florida con bombarderos de la Segunda Guerra Mundial tras haber volado instalaciones militares cubanas”.

En términos parecidos abordaba la noticia la también estadounidense AP y como caja de resonancia toda la denominada gran prensa internacional de la época reprodujo sin objeciones la versión de la supuesta sublevación.

Mientras, en las Naciones Unidas, ante la acusación del embajador de Cuba Raúl Roa, sobre la responsabilidad del gobierno de Estados Unidos, el representante de Washington, Adlai Stevenson, lanzó la misma versión de que “no fueron de Estados Unidos los aeroplanos, fueron aviones del propio (Fidel) Castro que despegaron de sus propios campos”.

Cuba exigió que fueran presentados públicamente los pilotos y aviones que presuntamente habían desertado, lo cual obviamente no ocurrió.

No sería esta la única noticia tergiversada, pues entre otras, algunos cubanos recuerdan, ya en marcha la invasión de mercenarios, aquello de la “toma del puerto de Bayamo”, divulgada por Radio Swan, una de las emisoras de la época “especializadas” en atacar a Cuba, aunque esa ciudad del oriente de la isla carece de puerto.

La Historia se encargaría de ubicar la verdad en su lugar cuando tiempo después el presidente John F. Kennedy reconoció públicamente la implicación norteamericana y cargó con la responsabilidad de la burda operación fraguada por la Agencia Central de Inteligencia.

Los sucesos del 15 de abril fueron el primer capítulo de lo que desembocó cuatro días más tarde en el tremendo descalabro de Bahía de Cochinos, que perdura como la primera y más sonada derrota de Estados Unidos en América Latina.

La lección para Washington fue clara: cualquier aventura armada contra Cuba tendría muy pocas o ninguna posibilidades de triunfar, y en consecuencia había que cambiar la táctica.

La alternativa fue apelar a un bloqueo económico que impidiera el desarrollo de la isla, provocara carencias y desesperación entre la población para compulsarla -pensaban y esperan todavía- a derrocar al gobierno.

Esto, sin desechar durante todos estos años amenazas, acciones terroristas de grupos contrarrevolucionarios, la fabricación de “disidentes” y campañas mediáticas de todo tipo.

Ese bloqueo, decretado oficialmente en 1962 (aunque los primeros pasos en esa dirección fueron dados mucho antes de abril de 1961), permanece no solo intacto, sino convertido en ley y reforzado por sucesivas administraciones estadounidenses, sordas todas al rechazo de la comunidad internacional.

Pero también hasta hoy parecen seguir resonando en los oídos de los gobernantes norteamericanos las palabras de Fidel Castro ante una enardecida multitud de milicianos con sus armas en alto, durante el discurso por la despedida de duelo de las víctimas de los bombardeos, en la emblemática esquina de 23 y 12, en La Habana:

“Lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es que estemos aquí, lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es la dignidad, la entereza, el valor, la firmeza ideológica, el espíritu de sacrificio y el espíritu revolucionario del pueblo de Cuba».